Ayer, el Fiscal General de Justicia en el Estado, Jesús Govea Orozco, hizo público un escenario que ha sido nutrido por la negligencia, posible corrupción y sin duda, por el manoseo político.
Me refiero al salvaje rezago en el cumplimiento de las órdenes de aprehensión en Tamaulipas, acumuladas durante ocho años hasta sumar miles y miles y cuya dimensión se refleja en un dato macabro: Hay órdenes de captura que al intentar llevarlas a cabo se descubre que el indiciado ya ha fallecido.
Tal vez pueda parecer una anécdota más, pero en el fondo esta brutal retraso en el cumplimiento de la ley pone en evidencia otro rostro negativo en la aplicación de la justicia. Son los casos de presuntos delincuentes que tal vez murieron en sus camas tranquilamente o donde haya sido, pero abrigados al fin y al cabo por la misma cobija: La impunidad.
Esos ocho años de rezago, como lo señala el Fiscal, tienen cuna. No es casualidad que ese lapso haya iniciado con el sexenio de Francisco García Cabeza de Vaca, en el cual el derecho se manejó como una palabra más del diccionario y se le usó como adorno de discursos, pero no de aplicación plena.
Resolver ese estancamiento no es una trivialidad. Destruir un sistema es hasta cierto punto fácil, pero reconstruir el tejido de la ley es un símil de los míticos trabajos de Hércules.
Y para empezar a resolverlo, se debe terminar de dar el primer paso: Eliminar los rescoldos de ese pasado inmediato que aún se vive y respira en los pasillos de esa Fiscalía. Suerte con eso…
AQUELLOS MAESTROS DE LOS ’SETENTAS’
Celebro el aniversario 59 de la Faculad de Comercio y Administración de Victoria, ya en la antesala de ser “adulto mayor” de nuestra querida Universidad Autónoma de Tamaulipas al acercarse a como coloquialmente se dice, al “sesentón”.
He tenido el honor de conocer grandes amigos en ese plantel a los que en otro momento haré referencia, quienes han sido pilares en el mismo para hacer de esta escuela un ejemplo académico junto a nuestra Alma Mater, como lo remarcó con justicia el rector Dámaso Anaya.
Hoy, aprovechando el vuelo, me viene a la mente otra Facultad de Comercio, pero la ubicada en Tampico, junto a Madero. La de la década de los “setentas”. Y lo hago porque me llegan en tropel los recuerdos de maestros entrañables que me dieron el privilegio de aprender de ellos.
Permítame poner en estas líneas algunos nombres, con una disculpa a quienes sin querer omito; Fernando Chung y Manuel “Meme” Rodríguez, contadores públicos extraordinarios; Felipe Pearl Zorrilla, ícono académico y empresarial de Tampico; Hugo Carlo González Mercado, quien fue después ministro de la Suprema Corte de Justicia estatal; Horacio Varela, matemático genial y pedagogo excepcional; Roberto Lozano, experto sin igual en derecho mercantil , quien sabía dejar en el escritorio la toga docente y ser amigo a morir; Oscar “El Cabezón” Román, quien nos enseñó a valorar el mágico “6” de aprobación, “al fin que no lo ponen en el título”, decía. Y desde luego, a Rodolfo Vega Gallegos, el fraternal director de la escuela en mi paso por esas aulas, con quien compartí los pesares de una huelga injusta contra el entonces rector, el doctor Leandro González Gamboa, cuyo esfuerzo para limpiar la UAT tuvo un final indeseable.
A todos, un abrazo a distancia.
De algunos no sé si siguen en este mundo o continúan sembrando profesionales, pero donde estén, mi afecto y mi admiración…
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