Olvidemos por un momento a Morena, sus pleitos internos, y todo aquello que legítimamente se le puede reclamar al partido en el poder, porque Claudia Sheinbaum tiene algo que sus adversarios tendrían que reconocer antes de diseñar cualquier estrategia para derrotarla, y es que mantiene niveles altos de aprobación y ha conseguido construir una Presidencia con personalidad propia. Las mediciones recientes la colocan todavía con respaldo mayoritario, algunas alrededor de 64 por ciento y otras por encima de 70, números que cualquier oposición debería estudiar antes de convencerse de que el desgaste llegará simplemente porque sí. Además, durante estos dos años ha ido tomando distancia de las formas de ejercer el poder heredadas de Andrés Manuel López Obrador. Esa es probablemente una de sus mayores fortalezas: mientras sus adversarios siguen peleando contra AMLO, ella lleva tiempo construyendo su propia historia, y derrotarla electoralmente seguirá siendo complicado y será todavía más si enfrente tiene una oposición empeñada en mimetizarse con Donald Trump y en pensar que desde Washington puede llegar el empujón que aquí no han podido ni siquiera acercarse a articular.

El próximo martes 3 de noviembre será una cubetada de agua fría para esos mexicanos que llevan meses viendo hacia Estados Unidos como si la Casa Blanca fuera una especie de comité electoral de la oposición. Las elecciones intermedias llegan con un escenario complicado para Trump: los demócratas aparecen con ventaja clara para recuperar la Cámara de Representantes y la disputa por el Senado está mucho más cerrada; Decision Desk HQ, por ejemplo, coloca actualmente a los demócratas con 83 por ciento de probabilidad de ganar la Cámara y 62 por ciento de quedarse también con el Senado. Reuters reportó además que la propia Casa Blanca lleva meses preparando estrategias para gobernar utilizando facultades ejecutivas si pierde el control del Congreso, revisando qué puede hacer Trump sin aprobación legislativa y hasta cómo defender esas decisiones en tribunales. No parece el comportamiento de un gobierno confiado en conservar todo el poder. Y si en eso están esperanzados los adversarios de la presidenta, ósea esperar que Trump salga fortalecido para después utilizar esa fuerza contra ella, quizá deberían de ir buscando otro plan antes de que llegue el martes, y ya van tarde, por cierto.

El problema para la oposición México no es que Trump pueda perder una o las dos cámaras, sino que convirtieron a un presidente extranjero en parte de su propia narrativa y estrategia. Han celebrado cada tensión, cada amenaza arancelaria, cada declaración incómoda y cada diferencia con México como si significara automáticamente un debilitamiento de la presidenta, cuando en realidad buena parte de esos episodios terminaron permitiéndole colocarse como la figura quedefiende al país frente a Estados Unidos. El error consiste en esperar que alguien de fuera haga el trabajo que corresponde hacer aquí, ósea construir una oposición competitiva, tener candidatos, convencer ciudadanos y ofrecer una alternativa de gobierno. Si el martes los republicanos sufren el descalabro que hoy anticipan todas las mediciones, nuestros amantes de los foráneos tendrán que aceptar una realidad incómoda: Trump tampoco es invencible. De derrotar políticamente a López Obrador, a sus formas y a buena parte de su séquito, paradójicamente se ha ido encargando la propia presidenta y mientras la oposición siga esperando que Washington haga el resto, ella seguirá ganándoles todas las partidas.

 

Veredicto final
Esperar que Trump derrote desde Washington a quien no han podido derrotar desde México no es estrategia. Es tercerizar la derrota. Por lo pronto se viene un martes muy negro para los de allá y parte de los de aquí.