Hay historias que nos indignan, pero también deberían obligarnos a preguntarnos qué estamos haciendo como sociedad para evitar que vuelvan a ocurrir.
El caso de Nohemí, una niña de apenas 11 años, embarazada de cinco meses y víctima de violencia sexual en Matamoros, es una de ellas.
Recién se dio a conocer que se autorizó la interrupción legal del embarazo debido a los riesgos que representaba para su salud. El DIF asumió su protección y la Fiscalía mantiene abierta una investigación para identificar y detener a quién resulte responsable.
Una niña de 11 años no debería estar viviendo una situación así. Y tampoco debemos acostumbrarnos a leer estas historias como si fueran solamente una estadística más.
En Tamaulipas existen denuncias por violencia sexual y otros delitos cometidos contra menores de edad. Y aunque autoridades aseguran que el incremento de denuncias no significa que haya más agresiones, sino que existen mayores espacios y mecanismos para denunciar, eso no hace menos grave el problema.
Las propias autoridades han reconocido la necesidad de fortalecer la prevención y atención de la violencia sexual infantil y aunque han implementado acciones para prevenirlo, ésto no ha sido suficiente.
El caso de Nohemí, en Matamoros, y el de Dafne, la adolescente de 13 años que murió durante un campamento militar en Madero y quien trascendió había sido víctima también de abuso sexual cuando tenía seis años, son sólo un ejemplo de los muchos casos que existen de menores que necesitaban adultos capaces de protegerlas.
Necesitamos instituciones que detecten señales de alerta, escuelas que sean supervisadas, familias informadas y autoridades que actúen ante cualquier indicio de violencia.
Nosotros, los adultos, necesitamos aprender a escuchar a nuestros niños. No podemos esperar a que una niña termine hospitalizada, embarazada o, peor aún, muerta para preguntarnos qué fue lo que falló.
Si las denuncias están aumentando porque ahora existen más espacios para presentarlas, entonces aprovechemos esa oportunidad para fortalecer las instituciones, investigar cada caso, denunciarlos si somos testigos y evitar que nuestros niños sigan siendo víctimas silenciosas; ellos no pueden defenderse solos.
La responsabilidad de protegerlos es de todos.
Que Dios los bendiga, gracias. Leo sus comentarios en mis redes sociales…