El domingo pasado, Flávio Bolsonaro le ganó la primera vuelta a Lula en Brasil: 47.03 contra 45.16 por ciento. El 25 de octubre se define en el balotaje. Si uno junta ese dato con el mapa de la región, la conclusión parece obvia: América viró a la derecha. La derecha gobierna hoy once países del continente, y 2025 le entregó cinco victorias seguidas, con Noboa en Ecuador, Milei en Argentina, Kast en Chile y Asfura en Honduras.

Hasta que uno mira hacia el norte y la explicación se desarma.

Porque en Estados Unidos, a cuatro semanas de las elecciones intermedias, Trump trae una aprobación de 32 por ciento según Reuters y 33 según CNN, la peor de toda su carrera. Los demócratas aventajan por ocho puntos en la intención de voto para la Cámara, y por once entre los independientes. Los propios republicanos ya están retirando dinero de distritos que daban por competitivos.

Si lo que estuviéramos viendo fuera una ola ideológica de derecha, el gobierno de derecha más poderoso del hemisferio no se estaría hundiendo en sus propias encuestas al mismo tiempo. Algo más está pasando, y vale la pena nombrarlo bien.

Empecemos por limpiar las etiquetas, porque estorban. En lo económico, hoy nadie es de izquierda. Lula gobierna con metas fiscales y tasas de interés que haría firmar cualquier banquero. Y aquí mismo: Hace tres semanas escribí en este espacio que el Paquete Económico 2027 de un gobierno que se dice de izquierda no crea un solo impuesto nuevo, deja la recaudación en 15.9 por ciento del producto y destina un billón y medio de pesos a pagarle intereses a los acreedores, más que todo el presupuesto de salud. Eso es administración de la restricción, con etiqueta de izquierda y aritmética de siempre, y la restricción es la misma para todos. Izquierda y derecha quedaron como señas de identidad, como la camiseta del equipo: Sirven para saber con quién te sientas, no para saber qué vas a hacer con el presupuesto.

Entonces, si no es la ideología, ¿qué mueve el voto? La respuesta la escribí hace cinco años en la segunda entrega de esta columna, cuando era un argumento sobre Tamaulipas: El péndulo. La gente no vota tanto a favor de un proyecto como en contra de quien manda. Donde gobierna la izquierda, gana la derecha. Donde gobierna la derecha, pierde la derecha. El sentido del golpe es siempre el mismo, aunque cambie el color del golpeado. Por eso hay alternancia: No porque convenzamos, sino porque nos hartamos.

México confirma la regla justamente por ser la excepción del momento. Morena sigue firme, con mayorías y con popularidad. Pero el huachicol fiscal que alcanzó a la Marina, los señalamientos sobre la familia del expresidente y la sensación de que la justicia es selectiva no se evaporan: Se acumulan. El péndulo no está detenido. Está cargando.

Ahora lo de fondo, que es lo que de verdad me interesa.

En 1930, José Ortega y Gasset publicó La rebelión de las masas para describir un fenómeno que apenas empezaba: La llegada de las multitudes al pleno poder social. Su tesis apuntaba a la autoridad más que a la economía. Describió a un tipo de hombre nuevo que ya no reconoce superioridad en nadie y en ningún campo, que no se siente obligado a escuchar al que sabe más porque no acepta que alguien sepa más. Ortega lo veía con alarma, casi con asco. Noventa y seis años después, eso ya no es un diagnóstico: Es el agua en la que nadamos.

Y explica lo que vemos en todos los frentes a la vez. Se desmorona la narrativa política, porque nadie le cree al que gobierna. Se desmorona la religiosa, con templos vacíos en todo Occidente. Se desmoronan la académica, la médica, la periodística, la de género, la familiar. Cada una de ellas funcionaba igual: Unos pocos hablaban en nombre de muchos y los muchos lo aceptaban. Eso se acabó. Es, en efecto, una guerra entre los muchos y los pocos, y los muchos están ganando batallas todos los días.

Pero aquí quiero poner una objeción a mi propio argumento, porque sin ella ésto sería demasiado cómodo.

Si las jerarquías se estuvieran cayendo, la riqueza estaría menos concentrada que antes. Y está más concentrada que nunca en la historia moderna. Los pocos nunca habían tenido tanto. Entonces lo que se derrumbó fue el prestigio de la jerarquía. La desigualdad quedó intacta: Perdimos la deferencia y conservamos el hecho. Ya no creemos en el obispo, en el médico, en el reportero ni en el diputado, y eso es una emancipación real. Mientras tanto, la jerarquía del dinero no solo sigue en pie: nunca había estado tan sola, porque es la única que ya no necesita que creamos en ella.

Y ahí está el problema del voto de castigo. Castiga a quien tiene cargo, que es el poder visible, el que da la cara y el que se puede correr cada seis años. No toca al que tiene capital, que no aparece en la boleta, no da entrevistas y no se va cuando pierde el partido que lo acompañaba. Llevamos treinta años firmando alternancias y la concentración no se ha movido un milímetro. Algo nos está diciendo eso.

El 25 de octubre Brasil decide. Gane quien gane, en cuatro o en ocho años el péndulo va a regresar, porque castigar al que está es lo único que ese país y el nuestro aprendimos a hacer bien.

Lo que no hemos aprendido es a cobrarle al que nunca aparece en la boleta.