No importan las siglas de un gobierno; no importan qué ideología representen. Todos los que he tenido la suerte -o en su caso mala suerte de conocer- padecen del mismo defecto: Todos pretenden solucionar muchos de los problemas que enfrentan y hasta generan, mediante decretos.
Para sustentar esta percepción, van algunos ejemplos. No tengo tan buena memoria para ponerlos en orden cronológico, pero son reales. Van:
El más añejo que recuerdo es la Ley de Alcoholes, nacido en el sexenio de Emilio Martínez Manautou. Todos la conocemos y lo confieso, hasta la sufrimos. El decreto pretendía frenar el excesivo consumo de bebidas etílicas mediante la imposición de horarios para su venta.
Todos también conocemos sus efectos. Un fracaso absoluto. La ingesta de alcohol no sólo no se redujo, sino que se disparó. Bajo la letra de esa ley los enamorados de esas bebidas optaron por acumularla previamente, aún en mayor volumen de lo que les era habitual, pero lo peor fue que desató su comercio clandestino, que ha hecho de esa fallida normatividad un filón de oro para el tráfico ilegal después de la hora tope.
Otro decreto fue el de no exhibir las cajetillas de cigarrillos en los exhibidores de las tiendas, en un remedo de la táctica del avestruz, en la que se piensa que si el problema no se ve es que no existe. Otro ridículo.
Muy cerca de este bodrio de ley fue el de la sal, que no sé si sigue vigente. Prohibieron poner saleros en las mesas de restaurantes porque, dijeron, es dañina para la salud. Lo es, eso es verdad, pero en pocos días negocios y clientes mandaron al diablo esa ocurrencia y hoy es sólo un recuerdo.
Entre esas lindezas el gobierno también prohibió, esgrimiendo daños al medio ambiente, las bolsas de plástico para portar las compras sin importar el artículo que fuera. El resultado es que esa tontería se convirtió en otro lucrativo artículo de venta de los comerciantes en detrimento económico del cliente, a menos que éste fuera un experto malabarista para llevar la mercancía adquirida.
Hay otros casos similares pero hoy cerraré este capítulo con la ocurrencia más cercana: La prohibición de comida que bautizaron como “chatarra” en las escuelas de educación básica, desde el jardín de niños hasta la secundaria. Hasta ayer, de acuerdo a una declaración oficial habían detectado en el entorno estatal, 17 planteles que siguen ofreciendo los artículos que han sido declarados enemigos de la salud. Con seguridad debe haber cientos más, debido a la endeble vigilancia sobre esa actividad.
¿Por qué citar todo ésto?
Porque las autoridades escolares de Tamaulipas han caído en otro remedo de decreto, como si la media hora en que los alumnos consumen esos “alimentos” pudieran superar en daños a la salud al resto del día que los mismos escolapios pasan en sus hogares sin límite alguno para empacharse de la comida que tanto espanta a las autoridades y que vuelve inútil prohibirla en las aulas.
Me pregunto: ¿Cuándo entenderán esos genios de escritorio que la única manera de combatir vicios alimentarios como esos es que esa vigilancia y control se lleve a cabo en casa? ¿Cuándo van a entender que los decretos son letra muerta si no es respaldada en el seno familiar?
Se ve claro el futuro de esta nueva cruzada escolar: Otro fracaso. Se ve claro que estas leyes son lo mismo que pretenden combatir: Leyes chatarra…
PUNTO FINAL
El punto final a un intento de reverdecer viejas y nocivas prácticas estudiantiles en el entorno de la Universidad Autónoma de Tamaulipas lo acaba de plasmar el rector Dámaso Anaya.
No se trata sólo de condenar un hecho penoso como el sufrido por un estudiante de la Facultad de Medicina Veterinaria. Para no dejar lugar a la duda, la UAT abrió la puerta a la Fiscalía General de Justicia para realizar las indagatorias necesarias para la aplicación de la ley y su correspondiente sanción para sus infractores.
Comparto el mensaje porque me parece una advertencia a quienes buscan regresar a prácticas dolorosas que en el pasado inclusive fueron trágicas. La respuesta al ataque cometido lleva consigo la seguridad de que esta casa de estudios da garantías a las familias sobre el cuidado de la integridad de sus estudiantes.