Pareciera que en estos momentos mi creatividad se encontrara en un estado de latencia, trato de explicarme el motivo, y entre los factores condicionantes podría contar el calor intenso, el hecho de que no hay agua en la llave desde hace varias horas o que de plano una parte de mi cerebro se fue de vacaciones. Tengo la sensación de que no soy el único que está pasando por esta sensación, tal vez, el verdadero motivo se originó mucho tiempo atrás y está relacionado con los cambios políticos, económicos, climáticos, pero sobre todo, los cambios que estamos experimentando lo seres humanos en lo físico, en lo mental y en lo espiritual.
Me da la impresión, de que ya no nos resulta fácil experimentar emociones que incentiven esperanzas alentadoras en razón del futuro, no sólo de México, sino del planeta mismo, y aunque esto podría traducirse clínicamente como parte de la sintomatología de un estado depresivo, este no tiene una traducción individual, sino colectiva, pues la sensación de mal estar es general.
En mi pequeño mundo, en el más cercano a mi existencia, las vibraciones negativas saltan a la vista, se dan desde la persona de mayor a edad, hasta la más pequeña, y si le preguntamos a ambos extremos qué es lo que les está pasando, en su muy particular lenguaje, sobresale una respuesta: Están padeciendo de una sensación de soledad inexplicable; inexplicable, porque todos estamos más que acompañados por nuestra familia, nuestros amigos, vecinos o compañeros de labores, pero el hecho de estar rodeados de tantas personas, no logra llenar el vacío que sentimos. En mi opinión, espiritualmente nos hemos alejado de quien resulta ser el motor que mueve todo lo que nos llena de alegría, de lo que nos hace felices y mantiene el orden armónico de nuestra existencia: Dios, y con él, el verdadero amor empieza a evaporarse, debido a un clima hostil, decadente, violento y radicalmente deshumanizado.
Los que hemos sido llamados a mantener encendida la llama de la fe, hemos caído en un estado de latencia, nos hemos dejado abrumar por la pesadumbre de la desesperanza, de las frustraciones, de la búsqueda de salidas erróneas para paliar nuestro desanimo, generando con ello mayor caos. El rebaño del Señor empieza a dispersarse, se aleja del Buen Pastor y sigue a falsos profetas.
No podemos vivir siempre en la ignorancia, minimizando el poder de Dios, atenidos a su misericordia; el Señor nos ama y premia nuestra fe, pero como todo Padre también castiga cuando es necesario corregir el rumbo de su rebaño.

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