Hay una forma de juzgar a los políticos que tiene una propiedad rara: nunca se equivoca.
Si alguien entra a la política y le va bien, decimos que lo cooptaron. Si entra y fracasa, decimos que el sistema expulsa a quien se atreve a cuestionarlo. Y si nunca entra, decimos que fue el único que vio claro a tiempo. Tres puertas, tres veredictos, y los tres confirman exactamente lo mismo: que el sistema es irredimible y que nosotros ya lo sabíamos.
Un juicio que gana en los tres escenarios posibles no es un juicio. Es un prejuicio con buena reputación.
Y sin embargo, la pregunta seria es si esa estructura describe algo real. Porque en buena medida sí lo describe, y conviene mirarlo de frente.
Vayamos al caso más nítido que ha dado este siglo. En enero de 2015 Grecia eligió a Alexis Tsipras con un mandato explícito: terminar con la austeridad impuesta por los acreedores. En julio de ese mismo año convocó a un referéndum para que el pueblo decidiera si aceptaba las condiciones del rescate. Ganó el “no” con el 61 por ciento de los votos. Era el mandato popular más limpio y más reciente que un gobernante europeo podía exhibir. Días después, Tsipras firmó un memorándum con condiciones más duras que las que su propio pueblo acababa de rechazar. Su ministro de Finanzas, Yanis Varoufakis, renunció.
No hubo maletines. No hubo un soborno. Hubo algo mucho más eficiente: la constatación de que el poder formal y el poder real no viven en el mismo edificio. Tsipras descubrió que había ganado un gobierno, no una soberanía.
América Latina está llena de estas historias, y casi todas empiezan bien. Lula da Silva fue lustrabotas y obrero metalúrgico, líder sindical sin título universitario, y llegó a la presidencia de Brasil como la prueba viviente de que el origen no determina el destino; años después terminó preso, con una condena que la Corte Suprema anularía en 2021, y luego de vuelta en el poder. Evo Morales fue cultivador de coca y el primer presidente indígena de Bolivia, y terminó buscando un cuarto mandato en contra del resultado del referéndum que él mismo había convocado. Y aquí en México, hace apenas unas semanas, escribí en este mismo espacio sobre Ernesto Ruffo, el primer gobernador de oposición de nuestra historia moderna, el rostro de la transición democrática, detenido por huachicol fiscal.
Mi impresión es que la mayoría de estas personas no llegó con la intención de robar. Llegaron creyendo de verdad que iban a cambiar las cosas. Lo que pasa después no es una compra, es un cerco.
Y el cerco tiene una mecánica bastante aburrida, que es justamente lo que la hace tan efectiva. Para competir necesitas dinero, y desde el momento en que buscas quién financie tu proyecto estás hipotecando decisiones futuras. Para llegar necesitas un partido, y un partido cobra su cuota en silencios. Para gobernar necesitas operadores que sepan mover la maquinaria, y los únicos que saben moverla son los que llevan décadas dentro de ella. Nadie te pide que traiciones tus principios el primer día. Te piden trescientas concesiones pequeñas, cada una razonable por separado, y al cabo de tres años eres otra persona sin haber tomado nunca la decisión de serlo.
Ahora bien, si esto fuera una ley, José Mujica sería imposible. Guerrillero tupamaro, trece años en prisión, buena parte de ellos en aislamiento, presidente de Uruguay, donando la mayor parte de su salario, viviendo en su chacra con su Volkswagen de 1987, y entregando el poder para irse a su casa sin construir un aparato que lo sobreviviera. Mujica existió. Y mientras exista un solo caso, la cooptación no es un destino: es una probabilidad muy alta. Que no es lo mismo, aunque se le parezca mucho.
Max Weber, en 1919, le puso nombre a este dilema en una conferencia que sigue siendo el mejor texto que se ha escrito sobre el oficio. Distinguió entre la ética de la convicción, la del que actúa conforme a sus principios sin importar las consecuencias, y la ética de la responsabilidad, la del que responde por los resultados de sus actos aunque le cueste la pureza. Y advirtió que quien se mete a la política pacta con poderes diabólicos, porque el instrumento de la política es la fuerza. Su conclusión no fue que hay que abstenerse. Fue que el político maduro necesita las dos éticas a la vez, y que la política es perforar lentamente tablas muy duras.
El que conserva intactas sus convicciones porque nunca las sometió a la prueba de gobernar no es necesariamente más íntegro. Es alguien que no ha sido examinado.
Y aquí es donde esta columna se me vuelve personal, porque a mí me han preguntado si voy a dar el paso, y mi respuesta ha sido que no. Tengo mis razones y las sostengo: no quiero hacer las trampas que se necesitan para ganar una elección, no quiero representar a un partido que recluta gente sin criterio propio, y sobre todo no quiero callarme lo que veo mal por el hecho de pertenecer. Después de casi cinco años escribiendo aquí cada semana, aceptar el silencio como cuota de entrada sería dejar de ser quien soy.
Pero escribiendo esto me doy cuenta de algo. De las tres puertas, la tercera es la más cómoda. Es la única que te permite conservar la superioridad moral a costo cero, porque nunca te van a poder demostrar que te equivocaste. El que entra y falla queda expuesto; el que entra y transa queda retratado; el que se queda afuera se queda con la razón para siempre, sin haber arriesgado nada.
Así que la pregunta que le hago a los que se dedican a esto es la misma que me estoy haciendo yo: ¿cuántas de nuestras convicciones son convicciones, y cuántas son simplemente cosas que nunca hemos tenido que poner a prueba?
Elegí la tercera puerta. Todavía no sé si fue lucidez o si fue comodidad. Lo único que sé con certeza es que desde aquí nadie va a poder demostrarme nunca que me equivoqué. Y eso, más que tranquilizarme, debería inquietarme.