Uno de los grandes misterios que ha acompañado a la humanidad, ha sido comprender que somos ante todo “conciencia”. Sin duda, es la conciencia la capacidad que nos permite darnos cuenta de que existimos. Todas la culturas y religiones hablan de un alma que no muere, sino que transciende. A lo largo de la historia, diversas culturas han intentado explicar lo que entienden por conciencia.
Algunas civilizaciones, la situaron en el alma, otras la vincularon con el corazón, con una razón divina o con una realidad superior, según su forma de entender el mundo. Sin embargo, más allá de la conciencia surge un concepto aún más profundo, la supraconciencia. Manuel Sans Segarra, nos dice que esta no es un simple estado mental, sino una realidad “no local y fundamental”, entendido esto como no limitado al cuerpo físico y donde la conciencia individual seria apenas una expresión.
Hace mucho tiempo, las civilizaciones entendieron la conciencia como una realidad interior. Por eso los egipcios pensaban que el corazón era el centro de la vida, un lugar donde se instalaba la conciencia, las emociones, el pensamiento y la esencia del ser humano.
En la antigua India, de igual manera, la conciencia era entendida como una existencia unificada que conectaba al yo individual con el universo y con una dimensión superior. Los filósofos griegos, por su parte, abrieron dos caminos fundamentales para entenderla, uno basado en la razón y la experiencia y otro orientado hacia una realidad superior más allá del mundo físico. Mas tarde, durante la edad media, San Agustin de Hipona relacionó a la conciencia con la sabiduría divina.
De este modo, la conciencia fue comprendida desde distintos enfoques, entre ellos el filosófico, el psicológico, el religioso y, en tiempo recientes, el cuántico. Desde este último, se ha planteado la expresión “Conciencia Cuántica”, concepto que nos ayudará a entender el significado de la supraconciencia.
El mundo cuántico, según los científicos, está formado por partículas muy pequeñas, cada una con características propias y con una función determinada en los procesos de la materia y la energía. La física cuántica estudia el comportamiento de la materia y la energía e intenta explicar el comportamiento de ese mundo en escalas diminutas. En este contexto, hablar de “Conciencia Cuántica”, se refiere a la posibilidad de que la conciencia no dependa únicamente de la actividad neuronal visible del cerebro, sino estudiar el comportamiento en los procesos microscópicos que ocurren en su interior.
El Universo funciona bajo leyes naturales, precisas y observables, tal como lo sostuvo la ciencia moderna. Sin embargo, la búsqueda no se detuvo ahí, sino que intentó llegar a una estructura más profunda de la realidad. En ese camino, la física cuántica introdujo una idea decisiva, el elemento estructural del universo no sería la materia, sino la energía. Por lo tanto, si todo es energía y esta no desaparece, sino que se transforma, entonces la conciencia podría no agotarse en lo visible, sino remitirse a una dimensión más profunda. Esto nos lleva a considerar que esa energía sutil de alta frecuencia es lo que debemos entender por supraconciencia.
El ser humano esta inmerso en esta especie de holograma existencial, y, conectarnos a la supraconciencia no es complicado. Comprenderla conlleva a reconocer que la conciencia que algunos denominan “alma” es eterna, no existe el tiempo como lo entendemos en el mundo físico, por ello trasciende aun cuando el cuerpo ya no esté en este plano material. Significa también saber que somos únicos e irrepetibles, pero a la vez profundamente vinculados con todo cuanto existe, pues según los científicos, este campo energético forma parte del Universo y está unido a él. La supraconciencia también se manifiesta a través de la intuición, esa voz interior que nos advierte cuando no va bien, o la creatividad, que aparece cuando de pronto surge la respuesta perfecta a un problema o cuando nace la idea de un proyecto interesante. También, la supraconciencia se hace presente en los principios universales que orientan al pensamiento humano y señalan el sentido ético de nuestros actos, como el altruismo, la empatía, la justicia y, sobre todo el amor. Pero existe una barrera que bloquea este acercamiento a la supraconciencia, es el ego, la violencia, el odio y la perdida de valores, pues todo ello empaña nuestra vida interior y nos aleja de esa dimensión mas profunda en la que reside nuestra verdadera evolución como seres pensantes.
Heráclito sostenía que el carácter es destino. Mas tarte, Aristóteles reflexionó sobre la estructura del carácter, donde afirmó que el pensamiento genera acciones, ellos generan hábitos, y finalmente, de estos el carácter y la personalidad que dependerá en gran medida el destino.
Si cada persona al menos dedicara unos minutos en analizar y comprender la verdadera realidad existencial, seria un impacto verdaderamente positivo, no solo para la persona, sino para el mundo entero. Entender que somos capaces de trascender y que realmente el materialismo en todas sus expresiones es algo efímero. Lo importante y verdadero es aquello que aprendimos, nuestros seres queridos, los logros que obtuvimos, a las personas que pudimos ayudar, el amor incondicional, la lealtad que demostramos, la fortaleza que obtuvimos, la constancia que adquirimos, entre otras más. Todo esto, no desaparece, transciende, se transforma, continua más allá de lo evidente, se dirige hacia un espacio con una nueva fase de nuestra existencia. En este sentido, resulta acertado recuperar el pensamiento de Rabindranath Tagore, quien en el cierre de su poema 69 escribe: “Mis miembros se volvieron gloriosos por el toque de este mundo de vida y mi orgullo es por el influjo de vida de eras que danzan en mi sangre en este momento”. Por todo esto, y mucho más, yo afirmo que el alma no muere, sino transciende.