La historia tiene una costumbre que casi nunca falla: demostrar que ningún poder es eterno.
No importa cuántos recursos tenga alguien, cuántas personas le deban favores, cuántos años lleve mandando o qué tan imposible parezca desplazarlo. Políticos que llegaron a controlar partidos completos, empresarios que parecían dueños de mercados enteros, compañías que durante décadas fueron prácticamente sinónimo de una industria y hasta organizaciones criminales que llegaron a controlar territorios, rutas y gobiernos enteros terminaron descubriendo lo mismo: siempre aparece una variable que cambia las cosas, una decisión mal tomada, una traición, un cambio generacional, una nueva tecnología o simplemente alguien que dejó de tener miedo. El poder puede durar mucho tiempo, pero nunca ha conseguido detener el tiempo.
Tal vez el problema empieza cuando quien manda cree que el poder le pertenece, y es ahí donde cambian muchas cosas. Se deja de escuchar, se confunde lealtad con obediencia, se interpreta cualquier crítica como traición y se empieza a construir alrededor del poderoso una realidad donde casi todos le dicen exactamente lo que quiere escuchar. Es entonces cuando aparecen los errores que antes parecían imposibles, no necesariamente porque quien manda se haya vuelto menos inteligente, sino porque cada vez tiene menos personas dispuestas a decirle que se está equivocando. Y pocas cosas son más peligrosas para alguien poderoso que llegar a convencerse de que ya no puede equivocarse. También ocurre algo que casi siempre se olvida: mientras alguien acumula poder, también acumula adversarios. Algunos visibles y otros que prefieren esperar. Personas que fueron desplazadas, grupos que perdieron espacios, socios que quedaron inconformes, subordinados que aprendieron demasiado y hasta aliados que comienzan a preguntarse qué pasaría si el que manda dejara de mandar. Durante los buenos tiempos todos parecen disciplinados, pero el poder también tiene la capacidad de esconder problemas que solamente aparecen cuando salta la primera señal de debilidad. Ahí es cuando quien parecía tener cien aliados descubre que en realidad tenía cien personas esperando saber cuánto tiempo más iba a durar.
Las grandes caídas casi nunca empiezan con una gran derrota. Empiezan con algo mucho más pequeño: una elección que no salió como estaba prevista, una decisiónque parecía insignificante, una persona que decidió hablar, un expediente que alguien creyó enterrado, un competidor al que no se tomó en serio o una nueva realidad que fue ignorada durante demasiado tiempo. Lo verdaderamente peligroso es que, cuando esa primera grieta aparece, el poderoso normalmente todavía conserva suficiente fuerza para convencerse de que no pasa nada. Y mientras dedica tiempo a explicar que sigue teniendo el control, otros comienzan a comprobar que quizá ya no lo tiene tanto.
En política esto resulta todavía más evidente, porque el poder depende de demasiadas cosas que nadie controla por completo. Depende de elecciones, alianzas, opinión pública, circunstancias económicas, decisiones judiciales, acuerdos internos y hasta de personas que hoy juran lealtad y mañana pueden encontrar mejores motivos para jurársela a alguien más. Por eso aquellos que intentan construir proyectos eternos casi siempre terminan cometiendo el mismo error: planear el futuro como si las condiciones actuales fueran a permanecer intactas. Y nunca permanecen intactas.
Los empresarios enfrentan algo parecido cuando creen que dominar un mercado significa haberlo conquistado para siempre. Las empresas que parecen imposibles de desplazar terminan descubriendo que el consumidor cambia, la tecnología cambia y los competidores también. En el crimen sucede exactamente lo mismo: organizaciones que parecían intocables terminan fragmentadas por detenciones, traiciones, disputas internas o la aparición de nuevos grupos. Cambian los nombres y los escenarios, pero el patrón termina siendo bastante parecido: alguien llega a la cima, comienza a pensar que quedarse ahí es para siempre y termina descubriendo que la cima nunca tuvo dueño. Quizás por eso el verdadero talento no está solamente en conseguir poder, sino en entender que algún día se va a terminar. Los más inteligentes no necesariamente son quienes duran más, sino quienes comprenden a tiempo que las condiciones cambian, que los aliados tienen intereses propios, que los adversarios aprenden y que aquello que hoy parece absolutamente controlado mañana puede depender de una variable que todavía ni siquiera existe. Quien entiende eso administra el poder con cuidado; quien no lo entiende termina utilizándolo como si nunca fuera a perderlo.
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”El poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente”.
– Lord Acton.”