Mira cómo mueve el viento, en aquella lejanía marcada por el tiempo, las doradas espigas del trigo de mis vitales encuentros; apenas ayer recuerdo haber caminado entre los surcos, sintiendo cómo la tierra me aceptaba, abrazando con alegría mis pies descalzos, no había reclamo alguno, ni material ofensivo que hiriera mis sentimientos, porque mi inocencia no reconocía la ofensa en el enojo cotidiano, porque todo era como una sugerencia para no dañar la energía que emana de espíritu, que se esforzaba desde entonces, en darle una explicación al ciego ignorante, al sordo necio, o al que callar le cuesta trabajo, por ser ingrato con la vida.
Mira cómo a pesar de mi loca carrera sin rumbo, destilando sólo gratitud a cada paso, la fuerza que me mueve y anima, me sostiene en el aire para no maltratar al hermano, que me recibe poniendo a mis pies tan preciada alfombra; y mira también, cómo me espera en aquel extremo, al término de tan preciado recorrido, la bondadosa y enorme sombra del árbol de los consuelos, haciéndome sentir consentido por el Señor de los cielos.
Y mira que a mi encuentro, primero conocí amor y dulzura en el vientre materno y en aquellos preciados senos que alimentaron mis sueños y me hicieron crecer, apreciando a la mujer como el ser más bello sobre la tierra.
Y mira cómo no me arrepiento de haber encontrado las huellas de aquél que corrió junto a mí, haciéndome sentir lo que es en verdad el amor de hijo, de hermano, de padre, de abuelo, de amigo eterno que no me abandona, que me guía y me perdona, que confía en mí, desde el momento en que surgí de aquel destello de luz, perdido en la inmensa oscuridad de la ignorancia.
Y mira que ahora que te he encontrado, no me alejaré de ti, como no me alejaré de todo aquél a quien he amado.
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