Para hablar sobre el Karma, es importante aclarar que existe una gran diversidad de interpretaciones sobre este concepto. Su origen proviene del sanscrito karman, que significa “acción”. De acuerdo con el diccionario de la lengua española, para algunas religiones de la India, es la energía derivada de los actos del individuo durante toda su vida, que condicionan cada una de sus sucesivas reencarnaciones, hasta que alcanza la perfección. El Karma se relaciona principalmente con el hinduismo y el budismo, aunque en otras disciplinas espirituales pueda encontrarse algo similar, pero con significados propios. Además, algunos autores han vinculado el karma con la numerología, la astrología y otras disciplinas. Sin embargo, cuando se desconoce su verdadero significado, el karma puede ser mal interpretado.
Una frase utilizada en muchas ocasiones en torno al Karma es aquella que lo relaciona con el castigo o con la idea de que alguien por acciones pasadas recibe lo que merece. Sin embargo, estas expresiones suelen estar equivocadas, así como alejadas de su auténtico significado. El karma no funciona como una forma de venganza, sino como una combinación entre nuestras acciones, decisiones y las consecuencias que de ellas resulten.
Podemos visualizar el karma a través de un esquema integrado por tres elementos. En el lado izquierdo, se encuentra nuestro libre albedrio, es decir, la capacidad que tenemos de elegir. En el centro se ubica la energía que fluye constantemente con base en las decisiones que tomamos, que pueden orientarse hacia efectos positivos o negativos. Finalmente, en el lado derecho se sitúa nuestro destino, el rumbo de la vida que vamos construyendo como resultados de esas elecciones.
El pilar más importante de este esquema es la toma de decisiones, vinculada directamente con el libre albedrio. Sin embargo, en la forma en que elegimos interviene el carácter, el cual refleja la responsabilidad, la firmeza, los valores y el aprendizaje que obtuvimos a lo largo de nuestra vida. Según el pensamiento aristotélico, nuestro pensamiento genera acciones que condicionan el comportamiento, donde hacerlo repetidamente crea hábitos que contribuyen a estructurar el carácter.
Por lo tanto, aunque el libre albedrío nos permite elegir, la forma en que lo hacemos suele estar guiada por el carácter que hemos formado a lo largo del tiempo. Esto significa que poseemos la capacidad de elegir conscientemente aquello que deseamos para nuestra vida, aunque en ocasiones podemos equivocarnos. Desde esta perspectiva, el karma no aparece o se presenta como castigo, sino como una oportunidad de reconocer cuando una decisión no fue tomada con responsabilidad, esto nos lleva a reflexionar sobre las consecuencias ocurridas y corregir ese episodio que produjo desequilibrio en nuestra vida. De esta forma, el karma puede entenderse como la posibilidad de aprender para de esta manera evolucionar espiritualmente.
De la misma forma en que la evolución biológica contribuyó para convertirnos en lo que hoy somos como especie. el karma también puede entenderse como un principio que ayuda a las personas a evolucionar, pero en un sentido espiritual. Charles Darwin explicó que los organismos se transforman y se adaptan a su entorno mediante un proceso gradual de selección natural. La vida, en sus diversas manifestaciones, no evolucionó de manera inmediata, sino mediante cambios constantes, las condiciones naturales que favorecen la adaptación y la supervivencia, podríamos llamarle aprendizaje no consciente. De forma semejante el karma puede entenderse como un camino de transformación interior, en el que cada decisión genera consecuencias positivas o negativas. Sin embargo, más allá de entenderlo como retribución, el karma permite reconocer los errores cometidos, corregir, aprender y al hacerlo nos permite avanzar hacia una mayor conciencia espiritual.
Seguramente, en algún momento nos hemos preguntado qué sucede cuando la historia registra eventos de gran impacto, en donde las decisiones de una sola persona provocan daño a muchas otras. En estos casos, el karma no debe entenderse como sanción, sino como una enseñanza que obliga a las civilizaciones a reflexionar sobre las consecuencias de las acciones humanas cuando se practican sin responsabilidad, ni sentido ético. Estos episodios, aunque contienen mucho dolor, también pueden convertirse en un profundo aprendizaje para la humanidad.
La intención es karma, decía Buda, porque al existir la intención, el ser humano actúa mediante el cuerpo, la palabra y la mente. Bajo esta idea, no resulta imposible imaginar que, en el vasto universo, pudiera existir una civilización cuya evolución biológica haya quedado atrás y la evolución espiritual haya alcanzado un nivel superior. Si pudiéramos preguntarles cual fue la razón de este gran avance de conciencia espiritual, quizá la respuesta sería más sencilla de lo que imaginamos, y responderían: la razón fue que simplemente aprendimos.