Hubo un tiempo en que la política todavía conservaba ciertos límites. Se podía competir con dureza, exhibir los errores del adversario, debatir con pasión y buscar derrotarlo en las urnas sin convertirlo en un enemigo al que había que destruir. Existía una diferencia muy clara entre ganar una elección y perder la decencia. Hoy esa línea prácticamente desapareció. La política dejó de ser el espacio para construir acuerdos y terminó convertida en una fábrica permanente de odio, donde parece más rentable humillar al contrario que convencer al ciudadano.
En octubre de 2008, cuando faltaban apenas unas semanas para la elección presidencial de Estados Unidos, John McCain encabezaba un evento de campaña en Minnesota. El ambiente ya estaba completamente polarizado. Cada vez que aparecía el nombre de Barack Obama, los asistentes respondían con abucheos e insultos. En medio del acto, una mujer tomó el micrófono y dijo que no confiaba en Obama porque era árabe. McCain no buscó el aplauso fácil ni aprovechó el momento para alimentar el enojo de quienes estaban de su lado. Le retiró el micrófono con respeto y respondió algo que hoy parece casi imposible escuchar en un político: “No, señora. Es un hombre decente, un hombre de familia con el que tengo profundas diferencias políticas”. Perdió esa elección, pero ganó algo mucho más difícil de conservar en estos tiempos: la dignidad.
Años después, ya enfermo de cáncer, fue el mismo McCain quien impidió que su propio partido desapareciera la reforma de salud impulsada por Obama, y cuando murió, el hombre contra el que había competido por la Presidencia fue uno de los encargados de despedirlo. No fueron amigos. Tampoco pensaban igual. Simplemente entendían que una democracia no puede sobrevivir cuando el adversario deja de ser un rival para convertirse en un enemigo.
En México decidimos recorrer exactamente el camino contrario. Poco a poco dejamos de discutir ideas para empezar a repartir adjetivos. El que piensa distinto ya no es alguien con quien vale la pena debatir; ahora es un corrupto, un vendido, un ignorante, un traidor, un fascista o un comunista, dependiendo del lado desde donde se grite. Lo grave es que esa lógica dejó de pertenecer únicamente a los políticos y terminó contaminando a millones de ciudadanos que hoy defienden partidos como si fueran equipos de futbol. Desde 2018 la polarización dejó de ser una consecuencia de la política para convertirse en una estrategia de gobierno. La narrativa de dividir entre buenos y malos, pueblo y enemigos, conservadores y transformadores terminó marcando la conversación pública. Del otro lado tampoco aprendieron la lección. Hay quienes responden con el mismo nivel de intolerancia, convencidos de que insultar más fuerte los convierte automáticamente en mejores demócratas. Vamos a los ejemplos: ahí están quienes defienden a Rubén Rocha Moya sin importar las acusaciones que pesan sobre él, mientras otros intentan absolver a Ernesto Ruffo Appel únicamente porque militó en el PAN. La justicia dejó de depender de los hechos y empezó a depender del color del partido.
Lo mismo ocurre cuando la influencer Natalia torres sostiene que no todos deberían tener derecho a votar o cuando Eduardo Verástegui habla de la necesidad de tener un dictador benevolente como si la historia no hubiera demostrado una y otra vez el peligro de esas ideas. Cambian los personajes, cambian las ideologías y cambian los colores, pero la enfermedad es exactamente la misma. Todos terminan convencidos de que los excesos propios son aceptables mientras sirvan para derrotar a los excesos del adversario.
Quizá esa sea la mayor derrota de nuestra democracia. No que existan políticos sin escrúpulos. Lo verdaderamente preocupante es que dejamos de exigirles decencia. Hoy celebramos al que insulta mejor, al que humilla más, al que divide con mayor eficacia y al que consigue más aplausos desde la trinchera de los convencidos. Nos acostumbramos a creer que reconocer una virtud del contrario es un acto de traición y que la moderación es sinónimo de debilidad. La política perdió la decencia el día que dejamos de premiar el carácter y empezamos a premiar el odio.
Veredicto final
Una democracia empieza a morir cuando los ciudadanos dejan de elegir a los mejores y empiezan a aplaudir a quienes mejor saben odiar.