La relación entre México y Estados Unidos se está tensando más rápido de lo que algunos quieren aceptar. El problema no es solamente la forma ruda en la que hoy se conduce la política estadounidense. El problema también está de este lado, en la forma en que el gobierno mexicano está leyendo mal el momento, administrando peor los mensajes y creyendo que con discursos para su base se resuelve una relación bilateral que exige oficio, precisión y mucha diplomacia.

Primero, la presidenta Claudia Sheinbaum acudió a Barcelona a la Cumbre en Defensa de la Democracia, donde coincidió con liderazgos progresistas y con el presidente del gobierno español, Pedro Sánchez. Ahí se habló de la derecha, de ultraderecha, de migración, y de Cuba. Todo muy cómodo para quienes aplauden ese discurso desde la izquierda internacional, pero muy incómodo para un gobierno estadounidense que hoy ve con sospecha casi cualquier movimiento político que no pase por su lógica de seguridad, frontera y control migratorio.

A eso se le sumó el escándalo de Chihuahua, donde presuntos agentes vinculados con la CIA participaron en un operativo contra un narcolaboratorio y terminaron muertos en un accidente en la sierra. El caso abrió una crisis que orilló a la FGR a abrir investigaciones por la presencia de agentes extranjeros en México. Después vinieron los discursos de soberanía, las críticas de legisladores de Morena contra el intervencionismo. Todo eso puede sonar muy bien en una conferencia de prensa, pero en política internacional las palabras tienen costo, y ahora con Donald Trump en la Casa Blanca, ningún mensaje de este tipo pasa desapercibido.

Luego apareció el golpe contra Sinaloa. Washington señaló al gobernador Rubén Rocha Moya, a funcionarios y a personajes de su entorno, provocando un terremoto y eso porque Estados Unidos decidió mover una pieza fuerte en el tablero.

La respuesta fue convocar a legisladores de Morena, PT y Partido Verde para cerrar filas. El mensaje, según los propios legisladores, fue la defensa de la soberanía nacional. Parece que no terminan de entender cómo funciona la política estadounidense. No es nueva. No empezó con Trump. Ahí está la historia reciente. Basta recordar a Dick Cheney como vicepresidente de George W. Bush, cuando desde la Casa Blanca se empujó una política militar y armamentista que terminó en una guerra sin precedentes en Medio Oriente. Estados Unidos no actúa con delicadeza cuando cree que están en juego sus intereses. Nunca lo ha hecho.

¿Cuál fue la respuesta al cierre de filas mexicano? Marco Rubio y el Departamento de Estado ordenaron revisar los 53 consulados mexicanos en Estados Unidos. El fondo político es más que evidente, Washington quiere saber si los consulados mexicanos han sido usados para algo más que trámites, protección y asistencia.

Y aquí hay otro problema que no se puede ignorar. Durante años se ha documentado cómo algunos personajes vinculados a Morena cayeron en la tentación de hacer política desde esos espacios. Si a eso se le suma que Andrés Manuel López Obrador llegó a decir abiertamente que llamaría a no votar por el Partido Republicano, entonces no se necesita ser experto en diplomacia para entender por qué el gobierno de Trump pone los ojos sobre los consulados. El gobierno mexicano puede decir que defiende la soberanía, pero tiene que hacerlo con estrategia, no con ocurrencias. Tiene que hacerlo con diplomacia, con una operación fina, y con interlocutores respetados, y eso es precisamente gran parte del problema. La política exterior mexicana no puede manejarse como si todo fuera una disputa de narrativa nacional. Estados Unidos no responde con comunicados bonitos ni con llamados a la prudencia, responde con presión migratoria, presión comercial y presión diplomática.

Roberto Velasco y quienes hoy operan la relación bilateral necesitan entender que este no es un momento para improvisar, se necesita oficio, contención, saber cuándo hablar, cuándo callar, cuándo negociar y cuándo no regalarle al adversario el pretexto que está esperando.

México enfrenta a un gobierno que ha perdido la delicadeza política, no solo con América Latina, lo ha hecho donde considera que sus intereses están en juego. Pensar que México puede atravesar esta etapa solo con discurso ideológico es una ingenuidad peligrosa. La defensa de la soberanía no se grita, se defiende con inteligencia, con instituciones fuertes, con diplomacia seria y con funcionarios que estén a la altura del momento. Si México no corrige el rumbo, si no baja la estridencia y si no mejora su operación frente a Washington, lo que hoy parece tensión puede convertirse en una crisis mucho más grande, una sin precedentes.

Veredicto final

Lo dijo muy claro el entonces Vice Presidente de los Estados Unidos de América, Dick Cheney: “Los principios están bien hasta cierto punto, pero los principios no sirven para nada si pierdes”. A ver si así entienden.