Cada vez que alguien propone regular las redes sociales, el tema viene envuelto en buenas intenciones. Que si es para combatir el odio, que si es para frenar las noticias falsas, que si es para proteger a los menores o evitar campañas de desinformación. Todo suena muy bien, incluso pareciera difícil estar en contra, hasta que uno se acuerda de algo muy simple: el poder nunca se conforma con tener más herramientas, siempre quiere una más. Hoy dicen que solamente buscan poner orden, mañana alguien va a decidir qué información merece circular, cuál debe ser marcada como falsa y cuál simplemente tiene que desaparecer. Y ahí es donde empieza el problema, no necesariamente por lo que quieren hacer hoy, sino por lo que alguien más puede hacer mañana con esas mismas reglas.

No nos hagamos tontos, las redes sociales son incómodas para el poder porque le quita el control de la conversación. Antes eran unos cuantos los que decidían qué era noticia, qué se publicaba, qué se ocultaba y qué tema simplemente no existía. Hoy cualquier persona con un teléfono puede grabar un abuso, exhibir un acto de corrupción, desmentir una versión oficial o mostrar en segundos algo que antes podía tardar días en conocerse. Claro que también circulan mentiras, montajes, insultos y campañas sucias, pero eso no nació con Facebook, con X o con TikTok. La propaganda y la manipulación existen desde mucho antes de internet. La diferencia es que ahora cualquiera puede contestarle al poderoso y eso es algo que no todos soportan.

El verdadero riesgo aparece cuando el gobierno, sin importar de qué partido sea, quiere convertirse al mismo tiempo en borracho y cantinero. Una cosa es perseguir delitos que ya están en la ley, como las amenazas, la extorsión, la pornografía infantil o la difusión de contenido íntimo sin consentimiento, y otra muy distinta es darle a alguien la facultad de decidir qué opinión es correcta, qué crítica es aceptable y qué información resulta incómoda. Ahí ya no estamos hablando de aplicar la ley, estamos hablando de abrir una puerta para que el gobierno decida qué se puede decir y qué no.

Y el problema es que hoy puede parecernos una buena idea porque quien está siendo censurado piensa distinto a nosotros. Tal vez hasta nos da gusto que le bajen una publicación, que le cierren una cuenta o que le pongan una etiqueta a algo que no compartimos. Pero los gobiernos cambian, los funcionarios pasan y las leyes se quedan. La herramienta que hoy aplaudimos porque se usa contra alguien que no nos gusta, mañana puede ser usada contra nosotros. Casi ningún gobierno acepta que está censurando. Siempre dicen que lo hacen por seguridad, por estabilidad, por proteger a la gente o por evitar daños. La censura nunca llega diciendo que es censura, normalmente llega disfrazada de una buena causa.

Tampoco se trata de decir que en las redes todo se vale. Quien amenaza, extorsiona o comete un delito tiene que responder por eso. Pero una cosa es castigar delitos y otra es perseguir opiniones. La crítica, la burla, la denuncia y hasta las ideas equivocadas forman parte de una sociedad libre. La respuesta frente a una mentira no puede ser que el gobierno se convierta en dueño de la verdad, porque entonces dejamos de combatir la desinformación y empezamos a construir una verdad oficial. Y ya sabemos cómo terminan las historias cuando solamente una persona o un grupo tiene permiso de decidir qué es verdad.

La democracia nunca ha sido cómoda. Está llena de exageraciones, críticas injustas, insultos y hasta mentiras, pero también está llena de debates, denuncias y ciudadanos que encontraron en las redes sociales el único lugar donde podían ser escuchados. Defender la libertad de expresión solamente cuando estamos de acuerdo con lo que se dice es muy fácil. Lo difícil es defenderla cuando alguien dice algo que nos molesta, nos contradice o cuestiona al gobierno que apoyamos. Si únicamente queremos libertad para hablar nosotros y silencio para los demás, entonces no estamos defendiendo una libertad, estamos defendiendo un privilegio.

 

Veredicto final

El problema nunca ha sido que la gente tenga opinión. El verdadero problema empieza cuando alguien se convence de que tiene derecho a decirte que decir de los demás. Ahí es donde la censura deja de parecer un discurso y comienza a convertirse en una realidad.