Este sábado celebramos la creación del Consejo Mundial de Boxeo, divina casualidad que haya sido un 14 de febrero de 1963, pues nuestro organismo se basa y pregona la amistad en todas y cada una de sus acciones.
Tenía dos o tres años cuando un día escuché un ruido escandaloso en mi casa; bajé corriendo las escaleras para encontrar a mi papá en la sala con dos hombres gigantescos: era Muhammad Ali y Don King, quien gritaba tremendas carcajadas como siempre lo ha hecho.
Los Sulaimán Saldívar crecimos inmersos en el boxeo; siempre fue y sigue siendo nuestro día a día. Cualquier día llegábamos de la escuela para encontrar sentados en el comedor, disfrutando los platillos de Doña Martha, a Ali, Sugar Ray Leonard, Roberto Durán, Larry Holmes o bien algún entrenador, boxeador amateur, principiante, reporteros o quien fuera la visita del día a esa casa en la colonia Lindavista, que siempre fue el hogar del boxeo en general.

Recuerdo que a mediados de los 70 un grupo de peleadores de provincia vivió con nosotros; mis papás les habilitaron una recámara, pues no tenían dónde vivir y estaban buscando ser parte de la selección de México. Eventualmente fui a una función en la Arena México y vi cómo noqueaban al peso completo que vivió en casa; le llamaban Rocky, y ese combate fue durante los Juegos Panamericanos de México.
Un día llegó Ramón Félix, un manager de Culiacán; venía a pedirle a Don José que conociera a quien, según él, sería una superestrella del boxeo. Se sentó junto a mi papá y, de manera cariñosa, le sobaba la panza diciendo: “Ándele, Don José, dele una oportunidad; este muchacho, Julio César Chávez, será grande”.
A inicios de los 80 nos cambiamos de casa, ahí mismo en Lindavista; ese hogar que el día de hoy se convirtió en las oficinas centrales del WBC. Durante tres décadas, Riobamba vivió innumerables momentos que son el recuerdo que guardo en el corazón. Ahí nos visitaron Mike Tyson, Julio César Chávez, Óscar De La Hoya, King, Arum, Beltrán, que traía a los jovencitos Erik Morales y Travieso Arce; también el Puas, Ultiminio Ramos, Kid Azteca, Mantequilla Nápoles y el superídolo de mi papá, el Ratón Macías.
Un viernes estaba llena la casa, y mi mamá había preparado un buffet de comida mexicana y algunos platillos árabes para todos quienes se dieron cita para de ahí salir en camiones hacia Cocoyoc, donde se celebró un simposio médico para discutir cambios de reglas y seguir haciendo el boxeo más seguro. Ya cuando salíamos, mi papá se detuvo en la puerta y, feliz, agradeció a mi mamá por tan increíble agasajo a sus invitados. Doña Martha se le quedó viendo y dijo: “José, necesito comprar algo”. Don José respondió: “Vieja, por favor, compra lo que quieras; ni me digas, adelante…”. A mi regreso de Cocoyoc me recibió mi mamá con la batería que tanto anhelaba y que mi papá no permitía por el ruidazo que representaba.
El fin de año de 1984 fue mágico. El WBC y Don King armaron una función en beneficio de los damnificados de aquella explosión de San Juanico; esta se celebró en el desaparecido Toreo de Cuatro Caminos el primero de enero de 1985. La cena de Año Nuevo fue en la casa y estaban todos los que pelearon al día siguiente: Chávez, el Macho Camacho y tantos más; así recibimos el nuevo año. Mi mamá y todos terminamos exhaustos.

Por ahí de las 7 de la tarde, Don José llama y dice: “Vieja, estuvo increíble la función, ya vamos para allá”.
—“¿Vamos? ¿Quiénes?”, respondió mi mamá.
—“Pues todos, vamos a cenar en casa los mismos de anoche”.
Ya se imaginarán el corredero para conseguir comida, refrescos y todo lo necesario. Al llegar, parecía que todo se había preparado con antelación, y fue así otra gran aventura en el hogar del boxeo.
Fue ahí, en Riobamba, donde en incontables ocasiones llegaba Julio César Chávez enfiestado y mi papá pasaba horas platicando con él y sus acompañantes. Recuerdo un día cuando Julio se arrodilló llorando para pedir una última oportunidad para pelear por un título; así como Daniel Zaragoza también hizo lo mismo, rogando ese último chance, pues había perdido todo su dinero en malas inversiones. Zaragoza ganó el título y lo defendió cinco ocasiones, asegurando el futuro de sus hijos.
Anécdota de hoy… En una de esas reuniones, en la que nos acompañó mi querido Franco Carreño, director general de El Heraldo de México, sucedió algo increíble: acabamos en la calle, sentados en las cajuelas de los coches, platicando con Mike Tyson; esa época dorada cuando no había celulares y los recuerdos no quedaban en selfies, quedaban grabados en la memoria y el corazón. Pasaban los autos y la gente no podía creer que ahí estaba Tyson como si nada.
El Consejo Mundial de Boxeo cumple 63 años de existencia. Son muchos los logros en esta cruzada por hacer el boxeo más seguro para quien se sube al ring; por dignificar al boxeador para que sea visto como un héroe y un atleta con dignidad; por reconocer el poder de la mujer y lograr el espacio merecido en el deporte de los puños; por acercar al boxeador a la sociedad y dejar huella con las activaciones de responsabilidad social que dan esperanza, ilusión y la posibilidad de soñar a millones de niños y jóvenes del mundo; por mantener a los ídolos del pasado vigentes ante el público y la sociedad, que nunca se sientan olvidados y siempre valorados y apreciados.
Sabias que… El día de hoy, lunes 16 de febrero, tendré el honor de estar en la mañanera donde nuestra presidenta, Claudia Sheinbaum Pardo, dará a conocer de manera oficial el programa “Boxeando por la Paz”. Este es, sin duda alguna, el mayor logro del boxeo mexicano, un programa sin igual en el mundo entero.
El boxeador iniciará su integración al programa Jóvenes Construyendo el Futuro y recibirá un salario de más de 9,500 pesos y seguro médico, entendiendo que el boxeo es su profesión; ellos, a su vez, darán clases de boxeo a miles de niños y jóvenes en todo el país.
Todo boxeador en un gimnasio es un mexicano fuera de las calles; promueve la activación física y atiende los padecimientos de la muy complicada salud mental. Es su oficio y, por ello, este programa dignifica como nunca antes al boxeo mexicano.