Defensores de los animales en Hong Kong van a usar un estudio realizado por un equipo universitario en Miami, del que forma parte una joven bióloga española estudiante de doctorado, en una campaña dirigida a reducir el consumo de la tradicional sopa china de aleta de tiburón.

El caso de Laura García Barcia es un ejemplo perfecto de hasta qué punto el mundo y obviamente el comercio de aletas de tiburón están globalizados.

El principal centro de importación y exportación de este producto tan apreciado en la gastronomía china es Hong Kong, donde un kilo de tiburón martillo puede alcanzar un precio de 800 dólares, dice a Efe García Barcia, quien suelta después un dato poco conocido: España es el segundo país que más tiburones pesca y un importante exportador de aletas.

Solo Indonesia supera al país de esta investigadora de la Florida International University (FIU) nacida hace 25 años en Castellar de Vallés, un pueblo de la provincia de Barcelona “entre Sabadell y Terrassa” al que anhela regresar de vacaciones, pero la pandemia se lo impide, según cuenta a Efe.

Las aletas que se venden en Hong Kong provienen de más de 80 países y en esa ex colonia británica se procesan para luego exportarlas a muy diferentes países, España incluido, para surtir a restaurantes y supermercados chinos.

Para el estudio que García Barcia ha llevado a cabo junto con Yong Cai, que dirige el Departamento de Química y Bioquímica de FIU, y el profesor Demian Chapman, se analizaron 267 muestras de aletas de tiburón de las nueve especies más comunes en los mercados de Hong Kong y en China en busca de mercurio o el aún más tóxico metilmercurio.

En todoA las especies el contenido era entre seis y diez veces superior al límite fijado por el Centro Hongkonés para la Seguridad Alimentaria, que es de 0,5 partes por millón.

“Esa sopa no es buena para la salud por el alto contenido de mercurio de las aletas”, dice esta bióloga que sabe mucho del cómo, el cuánto y el por qué los tiburones acumulan ese metal.

Ese es el tema central de su tesis doctoral y la razón del estudio, cuyos resultados van a ser usados por la organización Bloom y otras defensoras de la naturaleza para convencer a quienes no atienden a razones ecológicas de la necesidad de no consumir aletas de tiburón, sea en sopa o en preparaciones medicinales tradicionales.

El mensaje de que hay que reducir la demanda de aletas de tiburón para no diezmar las poblaciones de un animal que juega un importante papel en el ecosistema oceánico ha calado en los jóvenes, pero ahora hay que convencer al resto y el argumento de la salud puede ser más efectivo, dice García Barcia.

Dar a conocer el riesgo de tener problemas en el sistema nervioso central o, en el caso de las embarazadas, de tener un hijo con desarrollo cognitivo limitado si se consume frecuentemente aletas de tiburón puede ayudar a que se reduzca la demanda.