El 29 de Junio de cada año, se celebra la festividad de los Apóstoles San Pedro y San Pablo.

Primeramente, consideremos las gracias y prerrogativas que concedió Jesucristo a San Pedro: de haberle llamado a su servicio mudándole el nombre; de haberle tomado por testigo de las maravillas que obraba, así en público como en privado; de haberle lavado los pies en el cenáculo antes que a los otros.

De haberle establecido cabeza de la Iglesia, dándole una potestad universal de atar y desatar, de abrir y cerrar el cielo; de habérsele aparecido primero que a los otros apóstoles después de la Resurrección; de haberle escogido para que uniese el pueblo gentil con el judaico; de haberle conferido el poder de hacer milagros, hasta curar los enfermos con su sombra.

Después de admirar el honor que Dios dispensó a este pobre pescador, de elevarle a la dignidad de Vicario de Cristo, vamos a considerar tres propiedades de este amor: La primera, que fue humilde; la segunda, que fue ardiente; la tercera, que fue generoso.

Amor humilde de San Pedro a Jesús

El amor en San Pedro, fue el alma de todas sus virtudes, el principio de todas sus acciones, el fundamento de su mérito y la causa de su penitencia.

Consideremos que el amor sin humildad es imprudente, audaz y temerario. San Pedro amó más a Cristo que los otros apóstoles, y se puede decir que fue también más amado de Jesucristo, pues a ningún otro le condecoró con tantas gracias y honores, habiéndole constituido príncipe, cabeza, fundamento y pastor de toda su Iglesia.

Sin embargo, no se ensoberbeció, no se estimó en más que los otros; por el contrario, se consideraba con un gran pecador, que no merecía estar en compañía de Jesús. Después de haber hecho aquella grande pesca: Señor, dice en (Lc., V, 8), “apártate de mí, que soy hombre pecador”.

Su humildad contrastaba maravillosamente con su caridad. Aquella le hizo decir: Señor, apártate de mí; y ésta le unió con Jesús de modo que le impelió a decir: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna.

La humildad de San Pedro se resistía a que Jesucristo le lavase los pies, y de aquí, aquellas palabras: Señor, ¡Tú me lavas a mí los pies? No me lavarás los pies jamás. Más luego que su Maestro le amenazó con su desgracia, obedeció prontamente, y la humildad del hombre se rindió a la humildad de Dios.

Se manifestó principalmente esta humildad cuando, habiéndole negado, parece que su corazón quería salirse del pecho, deshaciéndose todo en lágrimas, que San Agustín llama la sangre de su corazón herido. Lloró todo el resto de su vida, haciendo tan rigorosa penitencia, que puede decirse que fue para sí mismo el tirano más despiadado.

Los judíos, viendo llorar a Jesucristo en la muerte de Lázaro, se decían unos a otros (Jn., XI, 36): ¡Ved cómo le amaba! Si queremos saber lo que San Pedro amaba a su Maestro, miremos la abundancia de Lágrimas que derramó hasta su muerte.

Amor ardiente de San Pedro a Jesús

Consideremos que el que no tiene celo, según San Agustín, carece de amor, y la grandeza del amor se conoce por la grandeza del celo, el cual en San Pedro llegó hasta el exceso. Quería saber en la última cena quién era el traidor que había de vender a su Maestro, para tomarle y sacrificarle por el celo que tenía por Jesucristo, De esto dice, San Juan Crisóstomo. Este celo le hizo sacar la espada en el huerto y herir a uno de los que venían a prender a Jesús.

Con este celo convirtió tres mil personas en su primera predicación y despreció la prohibición que le habían intimado los sacerdotes judíos de predicar en nombre de Jesucristo. Este celo era su vida; porque amaba a su divino Maestro; todo su afán era que todo el mundo le conociese y amase.

Por ese amor sufre, y se cree dichoso en sufrir por el nombre de Jesús, y Pedro, el que antes temblaba a la vista de una criada, hoy desafía el furor de todos los príncipes y grandes de la tierra.

En fin, este celo le hizo emprender tantos viajes, instituir a tantos pueblos, fundar tantas iglesias, sufrir tantos trabajos y pasar a Roma para confundir a Simón el Mago y plantar la verdadera fe, y dar, por último su vida por su divino Maestro.

Amor generoso de San Pedro a Jesús

Consideremos que el amor de San Pedro fue generoso, sufriendo cadenas, castigos y el suplicio de la cruz, por semejarse a su Maestro y darle muestras de su valor. No cabe mayor generosidad. Empezó por dejarlo todo apenas oyó la voz de Cristo, y seguirle a ciegas y adondequiera que iba.

Como su fe en Cristo era las más viva, su amor, hijo de la fe, fue el más generoso de todos los apóstoles, y Cristo Nuestro Señor premió su fe y su amor haciéndole piedra fundamental de su Iglesia. Tres veces le examinó el Señor en la ciencia del amor, y en señal de que le encontró firme en el amor, le encargó que apacentase sus corderos y sus ovejas.

Volvamos ahora a nosotros mismos. Escuchemos al Hijo de Dios, que nos dice y nos pregunta: ¿Me aman más que éstos? ¿Me aman como este apóstol? ¿Nuestro amor es humilde y obediente como el de San Pedro? ¿Es tierno y sensible al dolor? ¿Es generoso, constante y fiel hasta la muerte, y muerte de cruz? ¿Podremos responder con este apóstol (Jn., XXI, 15): Señor, Tú sabes que te amo?

Pero, si pecamos y no hacemos penitencia de nuestros pecados; en realidad no amamos a Jesús. Igualmente, si vemos que le ofenden, y lo consentimos, y no lo impedimos, y nos unimos a los que lo ofenden, y sólo vivimos del celo de nuestra gloria y de nuestra reputación; en realidad no amamos, a Jesús.

Si somos cobardes, delicados; corremos en busca de deleites sensibles y no queremos sufrir cosa alguna; entonce, no amamos a Jesús. Pues miremos que dice San Pablo (I Cor., XVI, 22): “Si alguno no ama a Jesucristo Nuestro Señor, sea anatema”.

¡Oh, glorioso apóstol, pastor de todos los cristianos! Declaramos y protestamos, y te reconocemos por Vicario del Hijo de Dios, cabeza y pastor de toda la Iglesia, y que por tu fe, y por tu amor has merecido una dignidad tan preeminente, has que sintamos los efectos de tu caridad, ahora que halla en su perfección en el cielo.

Protestamos ante el cielo y la tierra que siempre y en todo queremos vivir y morir unidos a la cátedra de San Pedro, y que queremos seguir su doctrina y morir en su santa fe y comunión.

Por último. Mostremos el amor que tenemos a Cristo, no sólo con palabras, sino trabajando para Cristo y muriendo, si es preciso, por El, como lo hizo el apóstol San Pedro.