El llanto es un acto universal que además de una necedad de desfogue, quizá lo que busca en los seres humanos, es el consuelo de otros.

Ha sido castigado en algunas culturas sobre todo para los varones. Se inculca que “los hombres no deben llorar”, razón por la cual a muchos les resulta difícil expresar sus emociones, implotando dentro y encontrando otra forma de expresión, quizá menos amorosa.

Es una necesidad fisiológica que encierra lenguaje que se manifiesta, cuando tocamos nuestras emociones y cada lágrima tiene un simbolismo distinto que emana incluso con una salinidad que expresa qué tipo de lágrimas son.

Las hay de dolor, de rabia, las que brotan de los recuerdos, las que hablan de tristeza y las que escurren cuando entramos en sintonía con otro y la empatía las llama.

Están las que saltan cuando implica un cambio, un pasaje de vida entre un lugar y otro. Y para las mujeres aquellas que sin razón se escurren por los cambios hormonales.

Para mí encontrar en las fábulas su sentido mítico, aquel que no precisa de la ciencia, es sin duda fascínate y encontré una leyenda que movió mi alma y se ancló a tal grado que cuando oigo el teñir de una campaña, irremediablemente pienso en aquellos que estarán llorando.

Cuentan que en la región del Lacio, en un lugar que hoy ocupa el territorio de Italia, hace poco más de unos cinco mil años, nació una campana con el nombre de “vasa campanao” en forma de cencerro.

Brotó sin más de la tierra en un lugar de profundo dolor; era imposible sumar la cantidad de muerte y desolación que se postró sobre ese lugar.

Durante un tiempo no sabían para que servía y la dejaron ahí, hasta que un mozalbete que limpiaba el campo quemando los cuerpos de los cientos de muertos sobre la tierra, la llevo a lo alto de la montaña y la colgó.

Al tañer su triste melodía hizo brotar lágrimas de los ojos del chico, que miraba con desolación el campo bañado de sangre.

Lloró por largo rato hasta que el cuerpo se fue calmando y dejándolo en un estado más tranquilo, fue y contó lo sucedido.

Los pobladores cada vez que el dolor aparecía en forma de tristeza, tañían la campana y está sonaba en lo alto, mientras los habitantes lloraban. Era inevitable que los brazos de alguno se presentaran para acomodar los huesos de quien se dolía.

Su melodioso sonido iba enjuagando aquello que necesitaba ser limpiado. Mientras las lagrimas iban cumpliendo su función, además de generar empatía en los otros, iban dejando a su paso cuando no se les inhibían un proceso de catarsis, donde al final las personas se sentían mejor.

Así nació esta inusual forma de comunicarnos, para expresar con un nuevo lenguaje lo que nos pasaba. Pues a veces las palabras son escasas para manifestar lo que se lleva por dentro.

Apenas les dimos libertad, estas rodaban hasta el último aliento cubriéndolas con sollozos que movían todo el cuerpo, acelerando el corazón. Y de pronto a lo lejos la campana tañía al viento para que esa agua salada después se volviera luz, transformándola para aquellos que la necesitaran.

La campana con el tiempo se fue volviendo un instrumento musical, uno que usaba su cuerpo como materia de resonancia, produciendo suficiente elasticidad como para mantener un movimiento vibratorio, y blandirse con las fibras mas delgadas que tocan el corazón, en cada campanada.

Así los hilos entre ellas y nosotros se fueron llenando de tantos y profundos significados.

Un día unos niños que reían a carcajadas comenzaron a llorar, estas lagrimas llevaban el componente de la alegría que las hacía menos saladas. Es cierto la composición química de estas, es distinta a las que brotan por dolor, miedo, tristeza, o por conmovernos, cada gota tiene su propio lenguaje.

Los que todavía viven en esas tierras, recuerdan que llorar es bueno y más si se piensa que el agua que brota detrás de ella, limpia el alma, engrandece los latidos del corazón y por lo tanto otros resultan beneficiados.

Hay quienes dicen que las campanas producen un sonido, que incita la sanación de células y tejidos, produciendo en el cerebro de quien la escucha, frecuencias de picos elevados de tipo Gama que llevan después a estados sosegados

Cuando escuches a lo lejos el blandir de una campana, recuerda que no solo es un llamado, en ella también va la luz de cientos que lloran por distintos motivos y qué el sonido enjuaga esta agua, volviéndola luz para el corazón.

*Entonces las lágrimas hicieron un pozo pero Dios lo llenó con su lluvia y lo transformó en una fuente para que otros bebieran.

No recuerdo donde lo leí, pero no hay cosa en la que crea más que en la transformación del dolor, para algo más grande.